29 Lunes En
casa.
Decidí quedarme en casa. Yo soy un hombre casero y cuando no salgo lo paso
bien, siempre hay cosas que hacer y si no, se encuentran. Total que me quedé arreglando papeles turísticos, tomando
notas de cosas que quiero hacer, poniéndome al día en llamadas telefónicas,
ordenando un poco una habitación nueva que le ha salido a la casa, borrando
fotos del teléfono que siempre hago de más, y de menos, viendo el Periódico y mas cosas. Y así
llego la hora de comer y comí aquí, luego haría mi sietecilla y seguí aquí, con
la lectura y otras zarandajas.
Cuando anocheció, había empezado a
llover, mas que lluvia era orbayu o chirimiri, aquí no se como le dirán a
ese llover tan poco que no se nota que llueve pero al cabo de un rato estás
mojado de más. Total que me fui a pasear un rato entre la lluvia y por calles
solitarias, y como pasa en una ciudad
nueva, aunque no me alejé de casa
descubrí calles y escaleras que no había visto, y repasé algunas viejas.
Por descubrir, resulta que a nada de mi casa están las ruinas de un teatro romano, que tengo que ir a
visitar y un Museo de Lisboa. Esto
es una caja de sorpresas.
También encontré un elevador, en este caso descendedor,
desde una terraza restaurante de hermosas vistas; me subí, bajé 6 pisos y reencontré
en el supermercado donde yo suelo ir a comprar, no me lo esperaba, y estando tan cerca, algo me
traje.
Como la compra fue chica, seguí
paseando por el orbayo, y como en
Lisboa todas, absolutamente todas, las calles son de adoquines de granito y las
aceras de adoquines de mármol más pequeños y blancos, como los del Cantón de
Castril, las calles estaban preciosas, además de solitarias y limpias, y la luz de las
farolas se reflejaba en ambos adoquines, confiriéndoles un aspecto especial. Los
restaurantes de la Alfama
seguían casi llenos de gente y las terrazas habían desaparecido, unas veces
ellas y otras sus gentes. Las calles también
solas, o conmigo.
Yo acabé en Ginginha da Sé, y allí estaban
mis amigas, anoche: Stephany, Lucía y Raquel y unos 10 ó 15 clientes, no sé
como caben. Hablamos un buen rato entre cervezas, yo, ellas como son del
gremio, beben muy despacio. Está bien hablar de vez en cuando. El otro día
empecé a hablar y noté que no me salía la voz, un esfuerzo enorme para
articular palabra; me preocupé, pensé que por falta de uso se me estarían
atrofiando las cuerdas vocales. Luego pensé que era faringitis, luego no ha
vuelto el problema, debió de ser una faringitis súper breve. Le pregunté al
Stephany, la dueña, cuantos de los que allí estábamos eran portugueses o
extranjeros; todos extranjeros menos Raquel, incluso yo.
También hacia fresco como la noche
anterior. No era todavía el frío del invierno, era llevadero, sin
comparar con lo que parece que está haciendo en España Norte y Sur. Pero si
era el anuncio de que el otoño tan benigno, se ha ido. Ojalá me equivoque.
Cuando me recogía seguía la lluvia y en crescendo.
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