miércoles, 31 de octubre de 2018

E9 Día 30 (ó 15)


30 Martes. Décimo quinto día en Lisboa.

            Llevo quince días en Lisboa y parece que llegué ayer, aún recuerdo mis primeros pasos y mis primeras sensaciones. Tras aquellos primeros pasos, he mirado y visto, que he recorrido 125 km (mi teléfono lo mide) por las calles de Lisboa, y que sigo teniendo muchas sensaciones. También pienso que con 125 km recorridos sería para haberlo visto todo, teniendo en cuenta que evito repetir, como no he visto tanto será que no siempre miro a donde debo, que me distraigo. Pero la cosa va bien. Y Lisboa es muy grande.

            Ha estado toda la noche lloviendo en la rua Adiça, suave pero parando poco. Otro día casero, y van dos. He aprovechado para dedicarme a las tareas impropias de mi sexo; mi casera se ofreció a que cada quince días viniera ella o alguien a hacer estas cuestiones, pero he pensado en probar yo.  Ha sido fácil, la lavadora ha funcionado, con un fallillo: no había forma de abrirla, cuando estaba a punto de romperla o llamar a un bombero, con uno pensaba que bastaría, he visto que tenía un botón para abrir, que no era cuestión de tirar. Limpiar de polvo ha sido otra cosa curiosa: no encontraba un plumero, para cambiar el polvo de sitio, pero he dado con un guante, mas bien manopla, con mucha superficie para atraer el polvo, te lo pones y vas pasando la mano por toda superficie que lo reclame, y el polvo se le pega a tal manopla. Casi mágico. La ropa se secó bien a pesar de la lluvia y la humedad, tendí dentro, y ahora espero a ver si se plancha sola. En portugués planchar se dice “pasar a roupa ao ferro” , ¡que bonitas son las lenguas!, y más si se comparan.

            En casa seguí toda la mañana y algo más, pero ya con cosas mas propias. Luego a la tarde, antes de que se fuera la luz del día, me cambié de zapatos y me fui a la calle. Pasear por una ciudad o pueblo bajo la lluvia ligera es una gozada. Recuerdo con enorme gusto, cuando mi hijo Jose, muy pequeño, si llovía se empeñaba en que saliésemos a la calle a sentir la lluvia. También recuerdo una noche en Vetusta, la ciudad heroica que dormía la siesta, paseando mientras llovía casi la noche entera con tres estudiantes de las Olimpiadas de Física y ninguno de los cuatro queríamos recogernos. Sí, pasear bajo una lluvia suave por una ciudad bonita y mojada es un placer,; que no disfrutamos más porque no queremos.

            El centro comercial de Lisboa a esas horas llenas de lluvia y de tiendas estaba para verla, las tiendas tienen otra luz y hasta otras cosas, las pastelarias dan ganas de comérselas, las calles y las aceras no pueden estar mas limpios ni más brillantes, y los coches y la gente, anoche al menos, no molestaban, al contrario, las luces aumentaban los brillos de las cosas y la gente parecía mas guapa.

1 comentario:

  1. Un placer pasear contigo
    Soy Luisa... por si no sale el nombre 🙃
    Un abrazo

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