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Miércoles El Atlántico
Óbidos por la mañana temprano es todavía
mas bonita y casi igual de sola que por la noche. Me dí una vuelta antes del
desayuno en la casa donde estaba, y con más luz, Óbidos era aun más vistosa. Como
este pueblo es una de las joyas portuguesas pues está muy cuidado, casi perfecto,
como pasa en casi todos los pueblos bonitos, que los han puesto
viejo-perfectos. Me acuerdo en una ocasión en no sé que pueblo más que precioso
por el Valle de Arán más o menos, le preguntamos a un viejete que si el pueblo
siempre había sido así de bonito; se llevó las manos a la cabeza, que ni se
parecía, y empezó a contar lo que había en lugar de cada casa y rincón que veíamos
tan bonitos. La verdad sea dicha, es que ahora debía estar mucho mejor, y
tampoco es que quede falso, quizá demasiado perfecto.
Repasado Óbidos,
reemprendía mi viaje un poco hacia Norte para ver un pueblo que se me quedó atrás, Caldas da Reynha, donde había unas
termas (caldas) a los que le gustaba ir a
las reinas, entre otras gentes. En la
Plaza da República había un mercado de la huerta que dicen
que la gracia está en que es todos los días y no solamente los jueves, el
centro tenía calles y edificios llamativos y un hospital termal, que no aclaré
si era hospital o balneario. Aparcar en Portugal resulta difícil, otra vez el
coche se quedó mal puesto y tenía que irme. Además yo ya tenía ganas de ver el mar, el Océano
Atlántico.
Seguí otro
poquito hacia el Norte, hasta Sao Martinho do Porto. El pueblo no
lo ví, o no me fijé, pero de primeras llegué a un mirador, que miraba el mar
entero, el día se había puesto azul, el mar y el cielo, a la derecha todo eran
acantilados fenomenales, que serían constantes a lo largo del día, y a la
izquierda el mar entraba por un estrechamiento en la tierra y formaba como un
mar muy pequeño casi redondo, con unas playas enormes, era marea baja, y amarillas
y un pueblo de casas bajas y blancas rodeando ese mar diminuto. Una carretera
bajaba a la playa y recorría aquello entre la Tierra y el mar. Bonito.
Ahora se
trataba de seguir hacia el Sur con el océano a la derecha. La carretera te llevaba
sola, continuamente salía un carril a la derecha que unas veces te llevaba a un
mirador de acantilados o a una playa
y otras no te llevaba. En los miradores eran frecuentes las pasarelas de madera
que te paseaban un rato por los bordes, todo estaba muy cuidado y muy limpio.
El siguiente
destino con nombre era la Foz de
Arelo, parecido a Sao Martinho
pero en vez de un mar redondo era como un río ancho, largo informe que se
estrecha para salir al mar y allí forma playas bonitas.
Y los
acantilados siguen hasta llegar a la península
de Peniche, que es una península península con un istmo muy estrecho que se
ve en el mapa pero no supe ver en el suelo, viajar solo no te deja ir viendo
siempre el mapa y se te pasan las cosas. La península es casi redonda, medirá 5 km de diámetros y está
ocupada enteramente por las casas y rodeada por una carreterilla que da al mar.
Llegué a hartarme de parar tanto, y me prometía no parar más para ver lo mismo,
pero volvía a encontrarme algo que me paraba, pensaba que los mismo que las
olas y el fuego atraen de forma incontenible, allí eran las rocas de los acantilados y el oleaje allí abajo atraían de igual manera.
Cuando ya
me estaba notando el hambre, y no veía por donde, di con un sitio estupendo
donde sólo había comida del mar y grilleada,
que aquí se lleva mucho, comí de maravilla. Yo estaba creído que el vinho verde era un vinazo apenas bibior, como dice Jesús P., y resulta
que no, que es el vino de una región que se llama Verde y que sus vinos se parecen al de Alvariño. Este vino me dio sueño,
las jarras pequeñas eran de medio litro y yo era solo, puse el coche al Sol y
me eché mi siestecilla.
Me encontré
en una situación rara, tenía un coche estupendo para mi solo, no tenía que
devolverlo todavía y estaba en medio de Portugal sin saber dónde ir, por más
que pensara; cuando se me ocurrió Mafra
ya era tarde, y no sé si me hubiese dado tiempo. Total que fui volviendo a
devolver el coche, otra vez gracias Gps, aunque desperdiciara un rato del alquiler; tampoco
se puede ser tan agonía.
En Lisboa
hay muchos teatros en activo, y siempre me llama la atención tantos, hasta que
pienso que Lisboa es una gran capital europea, y si aquí no hubiera teatros,
malo. Pues tenía apuntado que a las siete había un concierto de violín, y
gratis, en el Teatro Sao Luiz. Cuando estaba dentro me encontré entre gente
bastante elegante, mucha corbata, tiros largos, bastantes militares de
uniformes varios y algunos con unas faldas raras. En una mesa pedías la bebida
que quisieras, en otra te servías de unas comidas un poco raras y unos camareros
circulaban con bandejas de croquetas y esas cosas de un bocado. Aquello fue una
delicia, aunque había demasiada gente y yo iba demasiado de viaje.
Lo
delicioso de verdad fue el concierto que siguió, a mi me colocaron en un palco, como
a Prety Woman, y sonaban un piano normal y un violín que era una delicia, decían
los papeles que se trataba de un stradivarius pero yo creo que era el tiillo
que tocaba como los ángeles, o mejor. Se me olvidaba: la fiesta anterior, era porque se trataba
de una fiesta por el Día de Romenia,
Rumanía,
Cuando llegue
a la rua Adiça, bastante tarde, resultó que en Ginginha de Sé, estaba toda la gente
que yo conozco en Lisboa, bebiendo y bailando con la puerta del bar medio
cerrada. Buen remate para el día, yo me uní al beber y al hablar, y así
acabaron mis dos días de viaje.
(Pensándolo
bien, de mis amigos de Lisboa faltaban: Paolo de Muralla, Joao y JoseManuel de
Pigarça, Silvia Cristina, Sara DelPisodeArriba, y otro Paolo y un Antonio de
los taxis.
Sobrevolamos Peniche regresando de América (no sé tú, que volviste por otra vía) y tomé unan foto, que te emailo. Ótimo el blog, um abraço.
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