sábado, 1 de diciembre de 2018

E23. 28 Nov Viaje 2/2


28 Miércoles   El Atlántico


            Óbidos por la mañana temprano es todavía mas bonita y casi igual de sola que por la noche. Me dí una vuelta antes del desayuno en la casa donde estaba, y con más luz, Óbidos era aun más vistosa. Como este pueblo es una de las joyas portuguesas pues está muy cuidado, casi perfecto, como pasa en casi todos los pueblos bonitos, que los han puesto viejo-perfectos. Me acuerdo en una ocasión en no sé que pueblo más que precioso por el Valle de Arán más o menos, le preguntamos a un viejete que si el pueblo siempre había sido así de bonito; se llevó las manos a la cabeza, que ni se parecía, y empezó a contar lo que había en lugar de cada casa y rincón que veíamos tan bonitos. La verdad sea dicha, es que ahora debía estar mucho mejor, y tampoco es que quede falso, quizá demasiado perfecto.

            Repasado Óbidos, reemprendía mi viaje un poco hacia Norte para ver un pueblo que se me quedó atrás, Caldas da Reynha, donde había unas termas (caldas) a los que le gustaba ir a las reinas, entre otras gentes. En la Plaza da República había un mercado de la huerta que dicen que la gracia está en que es todos los días y no solamente los jueves, el centro tenía calles y edificios llamativos y un hospital termal, que no aclaré si era hospital o balneario. Aparcar en Portugal resulta difícil, otra vez el coche se quedó mal puesto y tenía que irme. Además yo ya tenía ganas de ver el mar, el Océano Atlántico.

            Seguí otro poquito hacia el Norte, hasta Sao Martinho do Porto. El pueblo no lo ví, o no me fijé, pero de primeras llegué a un mirador, que miraba el mar entero, el día se había puesto azul, el mar y el cielo, a la derecha todo eran acantilados fenomenales, que serían constantes a lo largo del día, y a la izquierda el mar entraba por un estrechamiento en la tierra y formaba como un mar muy pequeño casi redondo, con unas playas enormes, era marea baja, y amarillas y un pueblo de casas bajas y blancas rodeando ese mar diminuto. Una carretera bajaba a la playa y recorría aquello entre la Tierra y el mar. Bonito.

            Ahora se trataba de seguir hacia el Sur con el océano a la derecha. La carretera te llevaba sola, continuamente salía un carril a la derecha que unas veces te llevaba a un mirador de acantilados o a una playa y otras no te llevaba. En los miradores eran frecuentes las pasarelas de madera que te paseaban un rato por los bordes, todo estaba muy cuidado y muy limpio.

            El siguiente destino con nombre era la Foz de Arelo, parecido a Sao Martinho pero en vez de un mar redondo era como un río ancho, largo informe que se estrecha para salir al mar y allí forma playas bonitas.

            Y los acantilados siguen hasta llegar a la península de Peniche, que es una península península con un istmo muy estrecho que se ve en el mapa pero no supe ver en el suelo, viajar solo no te deja ir viendo siempre el mapa y se te pasan las cosas. La península es casi redonda, medirá 5 km de diámetros y está ocupada enteramente por las casas y rodeada por una carreterilla que da al mar. Llegué a hartarme de parar tanto, y me prometía no parar más para ver lo mismo, pero volvía a encontrarme algo que me paraba, pensaba que los mismo que las olas y el fuego atraen de forma incontenible, allí eran las rocas de los acantilados y el oleaje allí abajo atraían de igual manera.

            Cuando ya me estaba notando el hambre, y no veía por donde, di con un sitio estupendo donde sólo había comida del mar y grilleada, que aquí se lleva mucho, comí de maravilla. Yo estaba creído que el vinho verde era un vinazo apenas bibior, como dice Jesús P., y resulta que no, que es el vino de una región que se llama Verde y que sus vinos se parecen al de Alvariño. Este vino me dio sueño, las jarras pequeñas eran de medio litro y yo era solo, puse el coche al Sol y me eché mi siestecilla.

            Me encontré en una situación rara, tenía un coche estupendo para mi solo, no tenía que devolverlo todavía y estaba en medio de Portugal sin saber dónde ir, por más que pensara; cuando se me ocurrió Mafra ya era tarde, y no sé si me hubiese dado tiempo. Total que fui volviendo a devolver el coche, otra vez gracias Gps, aunque desperdiciara un rato del alquiler; tampoco se puede ser tan agonía.

            En Lisboa hay muchos teatros en activo, y siempre me llama la atención tantos, hasta que pienso que Lisboa es una gran capital europea, y si aquí no hubiera teatros, malo. Pues tenía apuntado que a las siete había un concierto de violín, y gratis, en el Teatro Sao Luiz. Cuando estaba dentro me encontré entre gente bastante elegante, mucha corbata, tiros largos, bastantes militares de uniformes varios y algunos con unas faldas raras. En una mesa pedías la bebida que quisieras, en otra te servías de unas comidas un poco raras y unos camareros circulaban con bandejas de croquetas y esas cosas de un bocado. Aquello fue una delicia, aunque había demasiada gente y yo iba demasiado de viaje.

            Lo delicioso de verdad fue el concierto que siguió, a mi me colocaron en un palco, como a Prety Woman, y sonaban un piano normal y un violín que era una delicia, decían los papeles que se trataba de un stradivarius pero yo creo que era el tiillo que tocaba como los ángeles, o mejor. Se me olvidaba: la fiesta anterior, era porque se trataba de una fiesta por el Día de Romenia, Rumanía,

            Cuando llegue a la rua Adiça, bastante tarde, resultó que en Ginginha de Sé, estaba toda la gente que yo conozco en Lisboa, bebiendo y bailando con la puerta del bar medio cerrada. Buen remate para el día, yo me uní al beber y al hablar, y así acabaron mis dos días de viaje.

            (Pensándolo bien, de mis amigos de Lisboa faltaban: Paolo de Muralla, Joao y JoseManuel de Pigarça, Silvia Cristina, Sara DelPisodeArriba, y otro Paolo y un Antonio de los taxis.

1 comentario:

  1. Sobrevolamos Peniche regresando de América (no sé tú, que volviste por otra vía) y tomé unan foto, que te emailo. Ótimo el blog, um abraço.

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