Del
6 al 13. Días sin DesAmparo
Después de
tanto tiempo sin bitácora, veremos cómo me va recordar y resumir siete días de
asueto. Como poco puede haber nuevo me imagino que resultará una lista larga y
hueca de los sitos y el estilo en qué estuvimos.
Amparo
llegó al Aeropuerto Humberto Delgado con un poco de retraso, los
aviones siempre lo hacen, y un buen vuelo.
Tras pasar
por la calle Adiça nos salimos como posesos a las calles de la Alfama , y ya es un clásico
empezar por los Miradores; de Santa
Lucia y das Portas do Sol, a esas horas con las luces de las calles y de África
encendidas. En ellos sólo quedaba la música del último grupo, los vendedores de
collares estaban y el quiosco nos dio la últimas cervezas del día.
Hace poco
me enteré que el famoso Castello de San
Jorge lo levantaron en los años cuarenta del pasado siglo de apenas unas
ruinas esparcidas, y ni siquiera intentando recuperar lo poco que se supiera
del Castello Velho, ex novo. Pero para
un no entendido, como ella y yo, sus murallas, puertas, almenas y merlones dan
el pego, y para colmo estas calles de
Lisboa de adoquines y adoquinillos, negros los uno y blancos los otros
cuando están mojados quedan preciosos; y no resbalan. Un buen paseo, con un
cierto aspecto medieval y solitario.
Chapito es un sitio un poco raro, yo no
había entrado todavía. Es una especie de tienda, restaurante, circo y teatro
con un aspecto de ONG, y de precios extrañamente caros. Hay que conocerlo todo,
pero no volver siempre. Entre la tensión de Ulises y el síndrome del
aeropuerto, enseguida se hizo la hora de descansar, y nos volvimos a casa por las Escadinhas de San Crispín, que ya
no sé si es Alfama o es Sao Cristovao, pero bonito al fin y a la postre. Los
días de vuelo siempre terminan días cansados. Mañana será más largo; o no.
7
y Jueves
Habíamos decidido,
como Amparo es cocinera, ex novo, cocinar en casa un buen pescado al horno y
así yo aprendía algo útil. En la Alfama próxima hay una
pescadería que por lo visto conozco
solamente yo. A cualquiera con `pinta de aborigen que preguetes te dirá que
aquí no hay de eso, que hay que ir a Santa Apolonia; y allí nos fuimos, pero no
encontramos pescado que nos gustara, media vuelta y buscando un poco más, dimos
con la Pescadería
escondida y el pescado deseado.
Ya podíamos
bajarnos al Largo de Saramago,lo que
por esta parte queda entre la
Alfama y el Tejo. Tomamos café de media mañana, que ya va
siendo costumbre sagrada y buena y visitamos la Casa de Saramago o de los Bicos, sus ruinas de
muralla romana, su factoría de Garum y los libros y cosas del escritor
Castrileño, y otra vez con el bibliotecario la frase perdida.
Vistamos el
aparcamiento das Cebolas, que sigue
siendo el más moderno de los parkings, una joya que todos han de ver, Y Amparo
vio y convino.
Visitamos
el Café Martinho de Arcada, de 1880
y que me habían enseñado entre Queirós, Pessoa, Reis y Saramago, ni más ni
menos. Como nos esperaba en Adiça nuestro Asado de Merluza no pudimos quedarnos
a comer; volveremos.
El asado estaba fantástico, quizá más
cebolla de la cuenta, para el que no la ama,
pero riquísimo. Como un turista que se precie no puede perder el tiempo
en siestas ni descansos, nosotros nos fuimos a recorrer la Baixa ,
a subir por las escaleras del metro al Largo
de Chiado, el corazón del barrio, saludamos a nuestros autores preferidos, que
allí seguían, visitamos, para ver, dos librerías, vimos por gusto un par de
teatros, saludamos a Camoens, que se me había olvidado y entraríamos a alguna
Iglesia, Y nos llamó la cerveza del Palacio
del Chiado, un sitio estupendo para echar un rato y para restaurar fuerzas.
En la
Iglesia de San
Roque había misa, entrada interdita. Pero el Mirador de Alcámtara no cierra nunca, no puede, y enseña Lisboa de
otro modo por que mira al Castello y la colina de Alfama. Por allí sube y baja
el Elevador de Gloria, dos tranvías
atados entre si que suben y baja unos 200 m por una cuesta de un 30%; un treinta por
ciento es más de lo que muchos creen, las pendientes no estamos acostumbrados a
medirlas, pero mi teléfono sabe hacerlo, y siempre me sorprende.
Desde que
los de la Volteruela
estuvieron aquí, siempre que pase cerca me acercaré a la Cervecería Trindade. Fue por vosotros. Bajar del barrio
alto por la Escadinñas del Duque, es un gustazo, me recuerda
Atenas, me recuerda MontMatre, y me recuerda mas sitios que recordar no puedo.
Para colmo, casi al final, un viejecillo con aspecto de vagabundo tocaba una
vieja guitarra y parecía que cantaba un fado. Esta noche he de volver y si está
dejarle mejor peculio, proporcional al regusto que nos dejara.
Bajamos al Rossio con otro rey encolumnado, y
estaban regando. Lisboa siempre húmeda. Y otra vez por la Baixa
y el Cais do Vinho, donde ya habían
terminado el jazz y los clientes, nos tuvimos que acercar a casa, a esas horas
ya no nos quedaban sitios y además al
día siguiente había que continuar con la impenitente y estupenda marcha.
PD Escribo a las
6.30 de la tarde, hora local, y todavía está claro el cielo de Lisboa, por
Navidad a las 5.45 ya era oscuro. Imparable el ciclo de las estrellas, y sobretodo
del Sol y su eclíptica. Desde hace unos 4.000.000.000 años haciendo lo mismo ¡
Maravilla !
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