lunes, 26 de noviembre de 2018

E21 Cualquier día


Cualquier día

            Voy a tratar de contar hoy algunas cosas de mi vida en Lisboa quitando la parte turística o viajera.

            Jesús Reverte, que escribe y cuenta los mejores libros de viajes que yo he leído, ¡ y qué viajes ! Nunca cuenta los pormenores o pormayores, nada que no sea el recorrido. No sé si viaja con maleta o con bolsa, cómo duerme o cómo paga, qué come, cómo se lava la ropa o si tira y compra, si toma café o si no cena, si oye música o canta él solo. Y yo siempre me quedo con las ganas de saberlo. Mi madre me enseñó que cuando se enseña una casa, porque al otro le interese, los cuartos de baño no se enseñan nunca. no sé si será el caso. Por cierto que cuarto de baño, retrete, vater y esas cosas en Portugal se dice “casa do baño

            A mi me encantaría madrugar, es decir levantarme antes de cuando me levanto, pero soy de los que segregan la espabilina tarde, y aunque me despierte pronto, me levanto tarde; así es que sobre las nueve me pongo en pie y me asomo a ver qué día hace, cosa que es traicionera por que es frecuente en Lisboa que los días empiecen llenos de Sol y más de una vez se estropeen mas tarde.

            En España a mi me gustaba desayunar en la calle, y aquí parece que me ha cambiado el metabolismo, casi seguro que es porque aquí no hay churros, y el pan tampoco es el de Cúllar, total que casi siempre desayuno en casa. Junto al balcón me pongo mi bandeja, leche con nescafé y  tostada con mantequilla y mermelada, y las mas de las veces fruta. Y si no tengo prisa me quedo sentado al Sol o a la luz del balcón, me acabo de espabilar, leo y pienso en mi plan del día, etc.

            Lo normal es irme a la calle a dar un paseo o un paseazo, y si me quedo en casa, pues pongo orden, leo o escribo, esta bitácora se lleva más tiempo del que pareciera.

            A media mañana si estoy en la calle me gusta tomarme un café, a veces parece que lo necesito. En Portugal, por lo que sea, quizá por Brasil, se toma mucho café, y además al mismo precio que le gustaba a Zapatero, desde sesenta céntimos. A medio día he perdido la costumbre de ir al Café X, no tengo a Bruno, ni a Abelardo, tampoco a Jesús Pedro, Eloy menos, y aunque yo soy de los que van solos por los bares, tiene que ser por sed, por descansar o esperar, o por hacer algo. Total que lo de “Copa 10 se acabó-

            Lo de comer, según me pille, si estoy cerca de casa me hago aquí mis cosas, que ya puestos a contar cuento: patatas fritas, huevos, un filete de cerdo, bifé, un pescao a la plancha, canelones, ensaladas, y pocas cosas más. Cuando vuelva de España me he de traer latas de fabada, están riquísimas y muy fáciles de tomar; también sé hacer cocido, pero aquí no he hecho; de postre siempre fruta. Si estoy en la calle, en Portugal hay sitios para comer cada 20 metros, de media, y muchos parecidos. Anuncian platos del día a diez euros o menos, pero luego entre el pan, las aceitunas, la cerveza, la sobremesa (postre) las servilletas y todo eso se acerca a los 20 €, o se pasa, si no controlas. Aquí se suele ofrecer y pedir siempre un plato, pero lo ponen con mucho acompañamiento y parecen dos.

Si he comido en casa, o estoy cerca es difícil eludir la siesta. Y vuelvo a hacerla en el sillón del Sol, suelen ser cortas pero con un espabilar largo. Si estoy lejos de casa ni me acuerdo que es la hora de siesta.

            Entre siete y ocho de la tarde, parece que el tiempo pasase mas despacio, todas las tarde se me hacen lentas en esas horas, luego se pasa y el tiempo transcurre normal.

            Al recogerme tampoco paso por El Caballo ni por El Patri ni por los bares de Martínez Campos, ya me he explicado antes. A lo mas, a veces, pocas, un par de cervezas en Ginginha da Sé o en La Madroña, con mis amigas.

            La cena, como no hay bares, soy más formal que era, pero ceno poco, puede que una sopa y poco más, o me preparo una cerveza o un vino y un poco de tapas.

            Como las tardes son largas lo anterior puede haber pasado a las nueve, y entonces otra vez al sillón, y viene el teléfono, los mensajes, los planes, la lectura de los panfletos turísticos, estudio de recorridos futuros, fin del periódico, etc.  Y me tomo mi yogur, Conchi; mejor mi gintonic, que nunca está tan bien como los de la calle, pero es lo que hay.

            Para las doce casi siempre estoy acostado y casi siempre solo, podíamos casi quitar el casi. A modo de somnífero me pongo las grabaciones (podcast, dicen ellos) de RNE que hablen de las noticias del día, o me pongo, si las noticias me deprimen mucho, una conferencia de la Fundación Juan March. Y así poco a poco me duermo y cambio de día. A veces sueño. Una noche soñé que soñaba.

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