Camino de Vuelta. 13 y 14 de abril.
Han pasado sólo dos días y me
parece que no escribía hace un montón de ellos. El Camino, si y no, tenía que
haber creído en mi señora, mi casera y en su teléfono. Decía que sábado,
domingo y lunes llovería, y el martes ya sería otra vez del Sol; si mañana sale
el Sol, creeré en los telefonillos.
El viernes, el día que recorrí
el Duero, hacía un día tan bueno, que no me podía creer que cambiara a malo al
día siguiente, y mira que ya sé que el tiempo cambia cuando quiere él, que
depende de los aires más que de mi conveniencia, pero, el caso es que otra vez
ganó su voluntad contra la mía; como decía Don Antonio.
La cosa fue que al poco de
empezar yo a andar mirando hacia Santiago, aquí dicen Santi Yago, empezó a
llover, más que lluvia era orvallo, chirimiri, calabobos, como quieras, pero no
paró hasta que se hizo de noche. El camino era bonito, al principio era un
paseo de madera sobre las dunas de la playa y luego se metió por los campos,
pero sin alejarse del mar, y sólo atravesó dos pueblos, más bien solos y sosos.
Los campos siempre verdes, huertos, cultivos, eucaliptos, mucha hierba, pinos, de todo. En uno de los pueblos comí de casualidad de lo
poco que tenían ellos, era tarde y aquí cierran a cal y canto las cocinas a las
tres, o antes, y un poco de lo que
llevaba yo, que como buen peregrino llevaba como me enseñó Velázquez un poco de lo mío.
Anduve 23
kilómetros , me crucé, vi, habría que decir, con unos
doce o quince peregrinos, y con no mucha conversación. Entre ellos una familia
de cuatro niños pequeños, uno de ellos en carrito, completamente decididos a
llegar, la mayoría eran peregrinos
sueltos, de uno en un; que dicen es la mejor forma.
Pensé en un hotel, pero estaban difíciles
y en 3 km
más había un albergue, en Marinhas. Lleno.
Pero allí, a otro peregrino y a mi vinieron a recogernos en un coche que nos
llevó a su casa muy próxima, seguía orvayando. El peregrino compañero fue el
primer peregrino con quien había hablado por la mañana, era un noruego con 38
años y con conversación difícil pero voluntariosa. Ya duchados en un bar
cercano nos tomamos dos zumos de manzana y dos cervezas con un platazo de
patatas fritas. Otra vez se cumple que los jóvenes y más extranjeros beben de
forma incorregible. La lluvia había cesado. Por primera vez en todo el día.
Los peregrinos que van a por
todas, también llevan de todo, quizá de más. Pero si llevan luengas capas de plástico
impermeable, funda de mochila impermeable y calzado de Goretex impermeable también. Cuando
me desperté en Marinhas, llovía a modo, ya no era chirimiri. Y sólo tenía una
chaquetilla semipermeable, un gorrilo permeable y un zapato daba agua, la
mochila por supuesto se había casi empapado el día anterior, pero dentro bien, todo
iba en bolsas impermeables, menos mal. Decidí que el Caminho podría seguir sin
mí.
Pero ya que estaba por eso
sitios, en bus me fui a Viana do
Castello, donde habría llegado mi segundo día. Yo no sé si en Portugal las comunicaciones son muy buenas o son muchas,
pero yo siempre que he necesitado una, la he tenido ya; me encanta el sistema y
esa facilidad.
Viana, es un pueblo fantástico, yo diría que el mejor que he
conocido hasta ahora; decir el mejor, es decir tontería, pero ya está dicho. El
caso es que es estupendo, había dejado de llover y como era de piedra parecía recién
lavado, las calles magníficas, las casas o palacios mejores, la procesión de los Ramos con Obispo, el río
se llama Limia y forma un estuarios
que me recordó Lisboa, tiene un santuario en alto al que te suben en un
funicular, tranvía con cable, pero la niebla era tal que no se veía la torre de
la basílica. Total un pueblo-ciudad, magníficos. Ah!, como Viana fue grande cuando
el bacalao, tienen en el puerto un barco bacaladero y hospital de bacaladeristas
que se visita y vale la pena; demasiado bien para lo dura que hemos creído siempre
la vida del mar.
En tren me fui a Caminha, que era donde habría terminado
mi Camino hoy lunes por la tarde, a orillas
del Miño y casi donde desemboca. La verdad es que no llovió en todo el día,
pero tampoco se fue la niebla, el Miño se veía poco y España nada. El pueblo
estupendo. No dejan de sorprenderme los pueblos portugueses, o estoy teniendo
mucha suerte.
Anécdota. De Viana a Caminha hay como media hora de tren. Un sueño peregrino
me pudo, y con el tren vacío y en un pueblo que se llamaba Valencia, me despertó
la última señora del tren, diciéndome que fuese a donde fuese el trayecto había
terminado. Me había pasado diez pueblos, diez paradas. Pero como las
comunicaciones son tan buenas aquí, inmediatamente, cogí otro tren, creo que el
mismo, y sobre mis pasos volvía Caminha. Había perdido casi una hora, que tenía,
y había ganado una siesta, y una anécdota.
De vuelta a Porto, otro tren, y ahora
sin problemas de pasarme; estación terminal.
Hoy llueve sobre la ciudad, y me
imagino que sobre los peregrinos del Caminho, pero llevan capas luengas. El teléfono
de mi dueña, esta vez, llevaba razón. Me he quedado sin hacer el camino que
quería, pero he hecho un poco y casi lo he visto y disfrutado entero; como decía
el de La Sagra ,
lo mejor eran las paradas
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