lunes, 15 de abril de 2019

E70 Camino de Vuelta


                 Camino de Vuelta.  13 y 14 de abril.

                Han pasado sólo dos días y me parece que no escribía hace un montón de ellos. El Camino, si y no, tenía que haber creído en mi señora, mi casera y en su teléfono. Decía que sábado, domingo y lunes llovería, y el martes ya sería otra vez del Sol; si mañana sale el Sol, creeré en los telefonillos.

                El viernes, el día que recorrí el Duero, hacía un día tan bueno, que no me podía creer que cambiara a malo al día siguiente, y mira que ya sé que el tiempo cambia cuando quiere él, que depende de los aires más que de mi conveniencia, pero, el caso es que otra vez ganó su voluntad contra la mía; como decía Don Antonio.

                La cosa fue que al poco de empezar yo a andar mirando hacia Santiago, aquí dicen Santi Yago, empezó a llover, más que lluvia era orvallo,  chirimiri, calabobos, como quieras, pero no paró hasta que se hizo de noche. El camino era bonito, al principio era un paseo de madera sobre las dunas de la playa y luego se metió por los campos, pero sin alejarse del mar, y sólo atravesó dos pueblos, más bien solos y sosos. Los campos siempre verdes, huertos, cultivos, eucaliptos, mucha hierba,  pinos, de todo.  En uno de los pueblos comí de casualidad de lo poco que tenían ellos, era tarde y aquí cierran a cal y canto las cocinas a las tres, o antes,  y un poco de lo que llevaba yo, que como buen peregrino llevaba como me enseñó Velázquez un poco de lo mío.

                Anduve 23 kilómetros, me crucé, vi, habría que decir, con unos doce o quince peregrinos, y con no mucha conversación. Entre ellos una familia de cuatro niños pequeños, uno de ellos en carrito, completamente decididos a llegar, la mayoría eran  peregrinos sueltos, de uno en un; que dicen es la mejor forma.

                Pensé en un hotel, pero estaban difíciles y en 3 km más había un albergue, en Marinhas. Lleno. Pero allí, a otro peregrino y a mi vinieron a recogernos en un coche que nos llevó a su casa muy próxima, seguía orvayando. El peregrino compañero fue el primer peregrino con quien había hablado por la mañana, era un noruego con 38 años y con conversación difícil pero voluntariosa. Ya duchados en un bar cercano nos tomamos dos zumos de manzana y dos cervezas con un platazo de patatas fritas. Otra vez se cumple que los jóvenes y más extranjeros beben de forma incorregible. La lluvia había cesado. Por primera vez en todo el día.

                Los peregrinos que van a por todas, también llevan de todo, quizá de más. Pero si llevan luengas capas de plástico impermeable, funda de mochila impermeable y calzado de Goretex impermeable también. Cuando me desperté en Marinhas, llovía a modo, ya no era chirimiri. Y sólo tenía una chaquetilla semipermeable, un gorrilo permeable y un zapato daba agua, la mochila por supuesto se había casi empapado el día anterior, pero dentro bien, todo iba en bolsas impermeables, menos mal. Decidí que el Caminho podría seguir sin mí.

                Pero ya que estaba por eso sitios, en bus me fui a Viana do Castello, donde habría llegado mi segundo día. Yo no sé si en Portugal las comunicaciones son muy buenas o son muchas, pero yo siempre que he necesitado una, la he tenido ya; me encanta el sistema y esa facilidad.

                Viana, es un pueblo fantástico, yo diría que el mejor que he conocido hasta ahora; decir el mejor, es decir tontería, pero ya está dicho. El caso es que es estupendo, había dejado de llover y como era de piedra parecía recién lavado, las calles magníficas, las casas o palacios mejores, la procesión de los Ramos con Obispo, el río se llama Limia y forma un estuarios que me recordó Lisboa, tiene un santuario en alto al que te suben en un funicular, tranvía con cable, pero la niebla era tal que no se veía la torre de la basílica. Total un pueblo-ciudad, magníficos. Ah!, como Viana fue grande cuando el bacalao, tienen en el puerto un barco bacaladero y hospital de bacaladeristas que se visita y vale la pena; demasiado bien para lo dura que hemos creído siempre la vida del mar.

                En tren me fui a Caminha, que era donde habría terminado mi Camino hoy lunes por la tarde, a orillas del Miño y casi donde desemboca. La verdad es que no llovió en todo el día, pero tampoco se fue la niebla, el Miño se veía poco y España nada. El pueblo estupendo. No dejan de sorprenderme los pueblos portugueses, o estoy teniendo mucha suerte.

                Anécdota. De Viana a Caminha hay como media hora de tren. Un sueño peregrino me pudo, y con el tren vacío y en un pueblo que se llamaba Valencia, me despertó la última señora del tren, diciéndome que fuese a donde fuese el trayecto había terminado. Me había pasado diez pueblos, diez paradas. Pero como las comunicaciones son tan buenas aquí, inmediatamente, cogí otro tren, creo que el mismo, y sobre mis pasos volvía Caminha. Había perdido casi una hora, que tenía, y había ganado una siesta, y una anécdota.

                De vuelta a Porto, otro tren, y ahora sin problemas de pasarme; estación terminal.

                Hoy llueve sobre la ciudad, y me imagino que sobre los peregrinos del Caminho, pero llevan capas luengas. El teléfono de mi dueña, esta vez, llevaba razón. Me he quedado sin hacer el camino que quería, pero he hecho un poco y casi lo he visto y disfrutado entero; como decía el de La Sagra, lo mejor eran las paradas

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